martes, 4 de agosto de 2009

Durazno al Anochecer


Una noche, con los ojos ardiendo y preguntándose "¿por qué mi lengua sabe a damasco?", se sienta frente a su vieja máquina de escribir y golpea aburrido las teclas. Detrás suyo una ventana que nunca mira. Frente a él una pared blanca que nunca adorna. Sobre él - nada. La ciudad entera es abrazada por llamas azules. Pequeños arqueros están parados en el techo de cada edificio que sigue en pie y disparan sus flechas con punta de durazno hacia donde pueden, como pueden. “¿Por qué duraznos? ¿Cuál es la diferencia entre el durazno y el damasco? ¿Es por eso que tengo sabor a damasco en la lengua?” Sentado frente a su decadente máquina de escribir cuenta una vieja historia de amor: chico conoce a chica en Dinamarca. Por la mañana se conocen, por la tarde se enamoran, y por la noche se suicidan gritando estupideces en su acento británico de pacotilla. En su espalda se clava un durazno mortal, su cuerpo arde en llamas y aún entre sollozos no se lamenta que su última historia sea un vil plagio. ¿Acaso pudo alguna vez escribir algo que no lo fuera? Al menos en este incluyó frutas.

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