Días atrás me descubrí enano, del tamaño de una hormiga, parado sobre una baranda afuera de una ventana. Detrás mío había una pared de color piel. Frente a mi una rosa y una vela, y otra pared de color piel. Podría haberme caído, pero eso hubiese sido de una ineptitud del tamaño de un bote. Lo que sucede es que desde mi perspectiva, en ese momento, la baranda era en realidad del grosor de una isla de tamaño no despreciable. Una isla larga, como la llamarían los gringos. Después de maravillarme en privado frente al paisaje que se me ofrecía, me empezó a cosquillear esa extraña molestia que viene cuando uno se da cuenta que está sólo. No solo porque no había mas nadie conmigo, sino por la misma condición de ser la persona (o criatura) en la que me había convertido. Claro, a Kafka ya le había pasado algo similar, pero al menos su familia lo podía ver – por más feo que sea. De la soledad pasé mi inquieta alma al tema del hambre, y no quiero decir aquí el hambre mundial o algún tema de semejante envergadura sino la simple hambre que sentía yo en ese momento. Me pareció fascinante que aún tan pequeño podía sentir tanta hambre y me pregunte si podría comer la rosa. Tan lejos estaba esta de mí. Intenté subir la ventana pero mis manos eran ridículamente humanas, sin ningún tipo de succión o pegamento me sería imposible subir una superficie perfectamente lisa en un ángulo recto. Al menos algo me acordaba de mis clases de matemáticas, años antes de convertirme en el ser especial y único que era en ese instante. Segundos después de pensar semejante pendejada me encontré tamaño natural, descubrí Manhattan más pequeño que mi pie, la vela me quemó la rodilla y la rosa se deshizo entre mis dedos mientras intentaba desesperadamente sostenerme de la baranda.
Ahora vivo colgado, una mano enterrada dentro de la baranda afuera del apartamento de lo que he descubierto es un chica bastante guapa. He decido quedarme aquí por al menos un tiempo, y el único reparo que puedo hacer a la experiencia es que me cuesta mucho escribir en mi Blackberry mientras una mano sostiene mi vida y la otra la da a conocer. Al menos puedo actualizar mi Twitter.
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Foto original: Baljit Kaur
Me aburro.
ResponderEliminarMe gusta este cuento-vivencial, me han pasado cosas similares, por ejemplo yo antes no era así, pero ahora estoy igual...
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